Yoo Young-Wun

Yoo Young-Wun

No creo que nadie se fije en mi.

Siempre sucede cuando se quedan solos. Por la mañana, al colocarlo en la silla de ruedas, Benjamin junior recibe un escupitajo de su padre, Benjamin senior. Oye la flema gorgotear y deslizarse por la barbilla lentamente hasta su cabeza, esa que se quedó calva prematuramente. Cualquiera pensaría que es un accidente, porque el anciano Benjamin senior está senil desde los 70 años. Y parapléjico. Pero antes de levantarse de la cama, no habiendo amanecido aún, Benjamin junior se despierta al oír:

-Eres un fracasado.

Y a partir de ahí la jornada transcurre con más obstáculos de lo que sería habitual. Son nimiedades, considerando que Benjamin senior le propinó su última paliza cuando él ya era un adulto. Por suerte, sabía cómo y dónde golpear para no dejar marcas visibles. De esta forma, los vecinos sospecharon sin constatar nada, salvo el temperamento del padre, y la abnegación del hijo. Con el tiempo, todos se han marchado, alejándose o muriéndose. Tan sólo yo permanezco junto a ellos, testigo mudo de lo que ocurre. A veces me traiciona mi instinto y dejo escapar un gruñido de inquietud, rápidamente silenciado por la mirada inquisitiva de Benjamin Senior.

Al principio creí que le molestaba que interviniera porque él era capaz de manejar la situación. Pero algunas noches, en las que Benjamin Junior se siente especialmente frustrado, viene a mi encuentro hediendo a cerveza, y me patea hasta que aúllo de dolor. Él no es como su padre, podría dejar rastros de agresión en el cuerpo del anciano, que es supervisado una vez al mes por el Doctor Sebastian. De esta forma, Benjamin Junior aprende a soportar un día más. Yo me arrastro gimiendo de cama en cama hasta que otro manotazo me hace callar, ésta vez del patriarca de la casa. Pensaba que era su forma de advertirme y mantenerme al margen de los secretos familiares. Sin embargo, esta mañana, ha dirigido su desprecio hacia mí y me ha espetado:

-Sucio saco de huesos.

Si pudiera, me habría degollado. El joven Benjamin se ha reído disimuladamente, y durante el día se ha respirado un ambiente de concordia y complicidad entre ellos. Supongo que este es el final. Ya ni tan siquiera tengo un dueño, sólo soy un perro apaleado. No creo que nadie se fije en mí. Siempre sucede cuando se quedan solos.

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